
| e-ISSN 2395-9134 |
| Artículos | Estudios Fronterizos, vol. 27, 2026, e190 |
https://doi.org/10.21670/ref.2612190
Ruina y despojo en la experiencia migratoria de la Venezuela poschavista
Ruin and dispossession in the migratory experience of post-Chavista Venezuela
Pablo
Caraballoa
*
https://orcid.org/0000-0001-8162-7005
a El Colegio de México, Seminario Migración, Desigualdad y Políticas Públicas, Ciudad de México, México, correo electrónico: pacaraballoc@gmail.com
* Autor para correspondencia: Pablo Caraballo. Correo electrónico: pacaraballoc@gmail.com
Recibido el
02
de
marzo
de
2026.
Aceptado el
01
de
septiembre
de
2026.
Publicado el 24 de septiembre de 2026.
| CÓMO CITAR: Caraballo, P. (2026). Ruina y despojo en la experiencia migratoria de la Venezuela poschavista. Estudios Fronterizos, 27, Artículo e190. https://doi.org/10.21670/ref.2612190 |
Resumen:
El artículo analiza los afectos y emociones que emergen de las experiencias migratorias de personas venezolanas en México a partir de 2015, prestando atención a su historicidad y sus efectos como “estructura de sentimiento”. Se desprende de una investigación cualitativa a partir de entrevistas semiestructuradas y adopta un enfoque biográfico fundamentado en una perspectiva inductiva y situada con prioridad en dimensiones subjetivas y emocionales. Como principales hallazgos se identifican emociones como la frustración, la culpa, el miedo y la nostalgia, asociadas a la ruina en una doble acepción: como desclasamiento individual y como proceso societal que produce una experiencia emocional compartida. La ruina es vivida como una herida que habilita la rearticulación en términos diferentes de un ideal de nación fundado en la modernidad rentista que, no obstante, se reconoce como su causa. Como conclusión, se destacan las implicaciones políticas de este registro afectivo y su derivación en una creciente sensibilidad liberal y antiestatal.
Palabras clave:
migración,
Venezuela,
nación,
emociones,
poschavismo.
Abstract:
The article analyzes the affects and emotions that emerge from the migratory experiences of Venezuelan people in Mexico since 2015, attending to their historicity and effects as a “structure of feeling.” It draws on qualitative research based on semi-structured interviews and adopts a biographical approach grounded in an inductive and situated perspective, prioritizing subjective and emotional dimensions. The main findings identify emotions such as frustration, guilt, fear, and nostalgia, associated with ruin in a double sense: as individual downward mobility and as a societal process that produces a shared emotional experience. Ruin is lived as a wound that enables the rearticulation, in different terms, of an ideal of the nation founded on rentier modernity, which is nevertheless recognized as its cause. Finally, the article explores the political implications of this affective register and its derivation in a growing liberal and anti-statist sensibility.
Keywords:
migration,
Venezuela,
nation,
emotions,
post-Chavismo.
Introducción
La soledad (2016) es una película venezolana de Jorge Thielen Armand que se mueve entre la realidad autorreferencial, la ficción y la fantasía. Su nombre alude a una casona, ubicada en Caracas, propiedad de la familia del director que ahora es habitada por Rosina (su antigua empleada doméstica), José “El Negro” (nieto de esta) y la pareja e hija de José. Carcomida por la maleza y el tiempo, los herederos de la casa (que han emigrado) vuelven a ella y deciden demolerla. Alrededor, la capital venezolana aparece como una ciudad asediada por la violencia normalizada, el desabastecimiento y filas interminables que obstaculizan el acceso a bienes básicos y a los medicamentos que requiere Rosina para tratar sus achaques. La pareja de José está decidida a irse a Cali, Colombia, con Adrializ, la hija de ambos, pero José se resiste y se dedica, en cambio, a buscar un tesoro imaginario en el terreno que es obligado a abandonar. La casa en ruinas, como metáfora de la nación abatida, se cruza así con el retrato del efectivo deterioro social imperante en Caracas; al tiempo que el desalojo, como alegoría de la expulsión masiva, coincide con el carácter cotidiano y urgente que adquiere la migración (como realidad, posibilidad o deseo) en la vida de los personajes (González, 2019).
En los últimos años, más de ocho millones de personas han salido de Venezuela a causa de la crisis generalizada que se vive en el país. En ese marco, el propósito del presente artículo es comprender los afectos y emociones que emergen de las experiencias migratorias de personas venezolanas, desde un encuadre que atiende su historicidad y sus efectos como “estructura de sentimiento”. Para ello, el texto se divide en tres secciones. En la primera, se expone el marco teórico-metodológico del análisis y se sugiere la noción de “ruina” como hilo conductor del mismo. En la segunda, se describen las condiciones estructurales en las que se enmarcan las experiencias de desclasamiento, encontradas en la investigación, como detonantes de procesos de expulsión. En la tercera, se abordan diversos afectos que remiten, en los relatos recogidos, a la nación y a la (im)posibilidad de volver a ella. Por último, en la conclusión se propone entender estas experiencias de manera conjunta en relación con el sentimiento de despojo. Se retoma, asimismo, la metáfora del tesoro oculto en los cimientos de La soledad para pensar el destino incierto del país “herido” y su reparación.
Supuestos teórico-metodológicos
Dada su magnitud y complejidad, desde 2016 la migración venezolana se ha convertido en un objeto recurrente de estudio y análisis. Las investigaciones al respecto han versado, sobre todo, acerca de las características sociodemográficas de la población movilizada (Garcia Arias, 2024), y sus condiciones de expulsión (Freitez, 2019) e inserción, en especial en países de América Latina (Gandini, Lozano Ascencio & Prieto, 2019; Koechlin et al., 2021). Son pocos, sin embargo, los trabajos centrados en la dimensión afectiva de este proceso (véanse, Ibarra, 2025a; Sibrian, 2021). En el presente artículo, el interés es analizar la experiencia migratoria de personas venezolanas como nodo en el que se articulan los afectos y las condiciones históricas y estructurales de existencia de esta población (Moraña, 2012). Para ello, se parte del caso de México como lugar de recepción y se propone la noción de ruina en una doble acepción teórica: como desclasamiento o pérdida de una posición material en la que perviven, no obstante, las propiedades simbólicas asociadas a ella (Jiménez Zunino, 2011); y como proceso societal, encarnado en los vestigios de una “modernidad abortada”1 (Vásquez Lezama, 2019). De este modo, el interés es observar el cruce entre la nación devenida en ruinas y el sujeto devenido migrante (Gomes, 2019).
Como marco teórico se retoma la idea de Rosaldo (2000) en torno a lo que él llama “fuerza emocional”, y se pone en diálogo con la propuesta de Ahmed (2015). Para esta autora, los afectos o emociones generan una intensificación de la experiencia, equiparable con la noción de fuerza de Rosaldo (2000). Sin embargo, para Ahmed (2015) esto implica no tanto ver lo que son o cómo se presentan las emociones, sino lo que hacen y cómo intervienen en la constitución de lo social, al generar efectos de superficie, cohesión y permanencia. Así, desde una perspectiva relacional, se entienden las emociones o los afectos como una imbricación compleja e indisociable entre la naturaleza que les es intrínseca y la mediación simbólica y cultural de la que son objeto. Por lo tanto, no se distingue entre afectos y emociones o entre emociones “naturales” y de “segundo grado” (o sociales), y se toma distancia, a su vez, de la mirada psicologizante sobre la que se sostienen conceptos como “duelo migratorio”2 (Achotegui, 2000), para pensar en los afectos, en la migración venezolana reciente, atendiendo a su historicidad y los efectos sociales y políticos que generan. Por último, se conciben estos efectos en relación con lo que Williams (2000) denomina “estructura de sentimientos”; sensibilidad emergente, tonos, ritmos y “elementos específicamente afectivos” (p. 155) que remiten al carácter inarticulado de una realidad sentida que modela el porvenir social.
Estas categorías se entienden situadas en el contexto de la historia reciente de Venezuela y su formación como nación moderna petrolera convertida en lugar de expulsión. Desde la década de 1930, la propiedad del petróleo en Venezuela operó como eje de su economía y elemento constitutivo de su identidad (Coronil Ímber, 2013). En este marco, durante el gobierno de Hugo Chávez (1999-2013) se crearon nuevos mecanismos de transferencia de la renta petrolera que afianzaron un consumo históricamente improductivo (Coronil Ímber, 2013), basado en importaciones (Carosio, 2015), y habilitaron su captación privada a través de complejos esquemas de fraude y corrupción (Sutherland, 2018; Vásquez Lezama, 2019). Esta dinámica de dispendio y derroche, como antecedente y causa objetiva de su propio declive, resulta central para entender los afectos que emanan de las experiencias analizadas. El argumento es que, en la primera década del siglo XXI, la continuidad (bajo el chavismo) del megarrelato de la “gran Venezuela” petrolera (López & Vera-Rojas, 2019; Terán Mantovani, 2014) y su insostenible materialización a través de un “neo-extractivismo progresista” (Burchardt et al., 2016; Rosales, 2018) contribuyó al reforzamiento del sentimiento de pérdida que trajo consigo su posterior ruina, en el periodo poschavista.
En términos metodológicos, el artículo se desprende de una investigación cualitativa más amplia, para la cual se recogieron los relatos de 23 hombres y 13 mujeres de origen venezolano residentes (o que habían residido la mayor parte de su trayectoria migratoria) en Puebla y Ciudad de México. El contacto inicial con estas personas se realizó a través de la red social Facebook o mediante el empleo de la técnica de bola de nieve. Sus edades oscilaban entre los 20 y 60 años; 21 contaba con estudios de licenciatura, tres con maestría y tres más con doctorado; siete, con preparatoria completa, incluidos dos que estaban estudiando una licenciatura en México, y solo dos no habían completado la preparatoria. Del total de estas personas, 27 tenían residencia permanente al momento de la entrevista, de las cuales 13 la habían obtenido a través del reconocimiento de su condición de refugiado o refugiada. Otras tres personas estaban naturalizadas y seis tenían residencia temporal, de las cuales dos eran por estudios, sin permiso para trabajar. La mayoría (30) salió de Venezuela en 2014 o en años posteriores, lo que inscribe sus relatos en el contexto de agravamiento de la crisis reciente.
La técnica empleada para la recolección de información fue la entrevista semiestructurada. Los ejes que orientaron dicha entrevista fueron: 1) las condiciones de origen; 2) el contexto y las condiciones de salida; 3) la movilidad y el tránsito migratorio; y, 4) la inserción sociolaboral en México. Las entrevistas se realizaron de manera presencial (en espacios públicos, como cafeterías o restaurantes) y remota, a través de la plataforma Zoom, entre 2021 y 2022. Tuvieron una duración de alrededor de dos horas, aunque varias de ellas se extendieron a más de cuatro. El abordaje analítico fue biográfico, con lo cual, pese a dar cuenta de las experiencias de manera diacrónica, no se buscaba insertar los hechos en una secuencia precisa y objetiva, sino explorar el carácter subjetivo de lo vivido (Hirai & Sandoval, 2016, p. 286). Entendida, de este modo, la subjetividad como un recurso analítico para un acercamiento a la “comprensión profunda” de las condiciones de existencia de los sujetos y las estructuras sociales e institucionales que componen y modelan sus experiencias (Mallimaci & Giménez Béliveau, 2006). Cabe aclarar que la dimensión afectiva no era, en principio, el problema central de la investigación ni un aspecto a considerar de manera explícita en el marco de las entrevistas. Sin embargo, en todos los casos, este emergió como un elemento importante, lo que hizo necesaria su consideración en la fase de codificación y categorización.3
La perspectiva fue predominantemente inductiva y se basó en un análisis interpretativo y situado (Haraway, 2004; Rosaldo, 2000) que incluye, de manera inevitable, el propio itinerario subjetivo del autor, como migrante venezolano en México desde 2016, cuya llegada a este país se dio en condiciones relativamente privilegiadas, como estudiante de posgrado y becado; sin embargo, el deterioro de Venezuela hizo mermar prontamente las expectativas iniciales de retorno. Al igual que varios de sus interlocutores y muchas otras personas venezolanas en el exterior (Freitez et al., 2020), en 2022 solicitó el reconocimiento de su condición de refugiado. La aprobación de dicha solicitud, un año después, trajo una agridulce estabilidad, ligada a la prohibición de regresar al país de origen. Así, en la medida en que este itinerario coincide, en distintos niveles, con las experiencias analizadas, dicha posición habilitó un acceso encarnado y sensible a las condiciones que enmarcan las experiencias de las personas que fungieron para esta investigación como interlocutoras. En este contexto de análisis, aunque la interpretación apela a los relatos individuales de los sujetos abordados, la intención es entender la migración venezolana reciente como una experiencia histórica (Belvedresi, 2016) que destaque la dimensión afectiva que las une, en relación especialmente con su contexto de salida.
Desclasamiento y ruina
Gerónimo4 tenía 30 años al momento de su entrevista. Es licenciado en matemáticas y originario del estado Falcón. En Venezuela se dedicaba a la docencia y era propietario de una pequeña tienda donde vendía ropa. Nunca había considerado migrar, hasta 2015. Ese año su negocio dejó de “dar ganancias” y tuvo que cerrarlo. La ropa se volvió un lujo inadmisible para la mayoría, con lo cual, dice Gerónimo, comenzaron a clausurar incluso las tiendas más grandes para dar paso a comercios de alimentos y productos de primera necesidad: “las cerraban y a la semana estaban vendiendo cambures [plátanos] y yucas y cosas así […] donde antes había escaparates súper lujosos”. Para sobrellevar la crisis, se mudó con su hermana y su sobrina. Pero, aun así, sus ingresos conjuntos resultaban insuficientes. Entonces tomó la decisión de dejar el país. Mientras se preparaba para hacerlo, contrajo una deuda que en el plazo inmediato le permitió sortear la situación, lo que hizo, sin embargo, más apremiante su salida: “me endeudé todo, y pues, más todavía, más me urgía salir. […] Ganando lo que ganaba [12 dólares mensuales] no iba… jamás [a saldar la deuda]”. En 2018, cruzó la frontera con Colombia a través de un paso irregular y, luego de trabajar allí en distintos oficios, todos ajenos a su profesión, salió con destino a México, para establecerse finalmente en Puebla, donde contó con el apoyo de una amiga. Allí obtuvo la residencia permanente a partir del reconocimiento de su condición de refugiado.
Tras la muerte de Chávez en 2013, Nicolás Maduro asumió la presidencia de Venezuela. Su ascenso estuvo marcado por un proceso de supresión del Estado democrático (Gómez Calcaño, 2022). Durante la primera década del siglo XX se crearon diversas políticas públicas a través de una burocracia alterna que llevó a un progresivo desmantelamiento de la institucionalidad existente. En el periodo poschavista, este proceso de desinstitucionalización adquirió la forma definitiva de un “gobierno privado indirecto”, en los términos que Mbembe (2011) define, la privatización de lo público por vía de la informalidad, la violencia y el desdoblamiento de las leyes. Sumado a ello, la caída del precio del barril petrolero y la quiebra efectiva de PDVSA (Petróleos de Venezuela, Sociedad Anónima), la estatal petrolera (López Maya, 2018), junto con el intervencionismo estadounidense a través de sanciones y bloqueos (Montenegro, 2021; Rosales, 2018) generaron un escenario complejo en el que el Estado pasó a ser un precario articulador entre grupos de poder en tensión que funcionan en la frontera entre lo legal y lo ilegal (Terán Mantovani, 2022; Velasco Páez, 2022). Por “poschavismo” se entiende el periodo posterior a 2013, de cuyos rasgos distintivos, como régimen, destacan la abierta autocratización política y la progresiva privatización de las riquezas y la neoliberalización de facto de la economía, junto a un proceso creciente de desposesión material de la mayoría de la población.5
La crisis que expresa el relato de Gerónimo puede entenderse como una suerte de “colapso de todos los ámbitos de una nación que había sido construida en torno al petróleo” (Terán Mantovani, 2022, p. 224). Entre 2013 y 2019, el descenso del producto interno bruto (PIB) nacional fue de 70%, la pobreza total pasó de 33.1% a 96.2% y la pobreza extrema, de 11.4% a 79.3% (Universidad Católica Andrés Bello [UCAB], 2021). Ante el desabastecimiento y la inflación, la mayoría de las personas pasaron a depender del Estado para acceder a bienes básicos, cuya regulación hizo crecer la economía ilegal y paralegal (Buxton, 2016). El deterioro de las condiciones de vida se ha visto reflejado asimismo en el aumento de la pobreza multidimensional (UCAB, 2021) y el colapso de los servicios, incluidos los de salud (Carrillo Roa, 2018). Los apagones y fallas eléctricas se tornaron cada vez más frecuentes (Sutherland, 2019), llegando a prolongarse en algunas entidades hasta por más de cinco días (Singer, 2021). La ausencia de infraestructura eléctrica y de telecomunicaciones ha afectado a la economía, en tanto que de esta dependen las alternativas de pago ante la escasez de dinero en efectivo. Al mismo tiempo, dicha escasez propició distorsiones económicas (Bull et al., 2022) y también la emergencia de un mercado ilícito de billetes (Briceño-León, Camardiel & Perdomo, 2019, p. 378).
La dimensión material de la crisis aparece referida constantemente en los relatos de las personas que han dejado Venezuela en los últimos años, al igual que en aquellas que, habiendo salido antes, se han visto obligadas a incrementar su contribución al sostenimiento de sus familiares que siguen en el país. Emilia, una peluquera de 35 años que llegó a México en 2004 con su mamá y su hermana, considera que después de la muerte de Chávez “se vino abajo todo”. Al momento de entrevistarla, su familia en Venezuela dependía, para subsistir, de lo que ellas les enviaban. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, 54% de la pobreza en el país, para 2019, podía clasificarse como pobreza reciente. Como consecuencia, entre 2017 y 2019, el porcentaje de personas que migraban por razones económicas pasó de 67% a 82.8%, coincidiendo con un patrón migratorio mucho más heterogéneo, cuyos destinos pasaron a ser países cercanos,6 con mayores facilidades de acceso y de tramitación de documentos (Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, 2024; UCAB, 2021). Para diciembre de 2024, de los 7 891 241 personas venezolanas migrantes y refugiadas contabilizadas por la plataforma R4V, 6 702 332 se encontraban en países de América Latina y el Caribe. Para la misma fecha, el número de personas venezolanas en México ascendía a 106 015 (R4V Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, 2024)
Junto a esta dinámica generalizada de empobrecimiento, previa a la salida del país, la mayoría de los relatos refleja un proceso de desclasamiento que apela a la dimensión más simbólica de la crisis. Esto puede verse ilustrado en el relato de Andreina, una joven de 23 años, originaria de Caracas que migró a Puebla en 2017, donde estudió una licenciatura en administración y obtuvo el reconocimiento como refugiada. Andreina nació en los inicios de la Venezuela chavista, que ella identifica como un escenario de relativa prosperidad: “mi papá tuvo su propia empresa. Mi papá es ingeniero. Entonces… honestamente esos [años] antes de los 12 años, yo viví muy bien […] económicamente, en mi casa estábamos bien”. Durante su infancia, su mamá se dedicaba al cuidado de ella y sus hermanos, y su papá se encargaba de la manutención familiar. La situación comenzó a cambiar en los primeros años de la década de 2010. Su mamá se vio en la necesidad de ocupar diversos trabajos informales (en una estética, como transportista escolar) para generar un ingreso extra. Cuando, en 2013, su papá se quedó sin empleo, su mamá se convirtió en el único sostén de la familia; mientras que su papá proveniente de una familia “bien” y “culta” se negaba a aceptar trabajos por debajo de su calificación: “mi papá decía ‘yo no me quemé las pestañas estudiando para ser taxista’”. A la larga, las dificultades materiales no solo propiciaron un cambio en el estilo de vida de la familia, sino que incidieron, desde su punto de vista, en la separación de sus padres.
El relato de Andreina, y más precisamente la trayectoria de su padre, muestra un proceso típico de desclasamiento.7 Casos como el de Xavier, en cambio, revelan una dimensión más compleja de este proceso en el contexto venezolano reciente. Xavier migró a México en 2017. En el momento de la entrevista tenía 23 años, trabajaba como repartidor de comida a través de aplicaciones móviles y había obtenido la residencia permanente por vía del refugio. Previo a su salida de Venezuela, él describe el deterioro de lo que considera que solía ser una posición “relativamente acomodada”. Su papá, sin carrera universitaria, desde joven trabajó como vendedor ambulante, con lo que logró luego hacer crecer un negocio y convertirse en pequeño empresario. Xavier pudo entonces estudiar en un “colegio privado” (de paga) y acceder a un círculo social del que su papá no participaba antes. De este modo, a diferencia del caso de Andreina, la posición “acomodada” aparece aquí como el resultado de una movilidad ascendente, en un contexto económico favorable durante la década de 2000; luego venida a menos por efecto de la crisis que orilló a Xavier a abandonar sus estudios universitarios y migrar a México.8
Otro relato que ilustra este desclasamiento es el de Nora, una periodista que se refiere a la situación de su familia como la de una clase media “arruinada”. Al momento de la entrevista, su madre y su padre, ambos docentes jubilados, dependían enteramente del dinero que ella les enviaba desde México. Nora, de 41 años, también llegó a México en 2017. En Venezuela trabajó durante varios años para El Universal, periódico fundado en 1909 y en el pasado uno de los principales medios de circulación nacional. En 2014, este fue vendido a quienes ella identifica como “gente del gobierno”. Desde su punto de vista, a partir de entonces el rotativo asumió una “línea complaciente [… y] empezaron con la censura”. Ese año, renunció al periódico. Se mantuvo trabajando únicamente con medios digitales, hasta que decidió migrar a Ciudad de México. Para ella, su salida del país fue el resultado de un “desgaste”, a nivel emocional y profesional, vinculado a la mengua de sus condiciones de vida y a la precarización del oficio del periodismo, así como al clima político y a la censura mediática impuesta desde el Estado.
Nora estaba consciente de que no sería fácil. Para el momento que migró a México, dice, ya se empezaba a hablar de las “devoluciones” de personas venezolanas en aeropuertos mexicanos.9 Al prever esto, contrató a un abogado para que gestionara su visa de trabajo. Así pudo entrar a México, por vía aérea, “sin mayores inconvenientes” y, una vez en el país, logró tramitar su residencia permanente. No obstante, su inserción laboral ha sido complicada:
recorrí toda la calle de la Reforma, que es la calle donde están los principales periódicos, tocando puertas, con mi currículo así en manos […] Pero de ningún lado me llamaban. De hecho, hasta ahora, de ningún lado me han llamado.
Para Nora, las trabas que ha enfrentado son un modo velado de discriminación por ser extranjera. Pero la presunción de xenofobia toma un matiz específico al vincularla con la falta de reconocimiento en el contexto de recepción: “si tú no eres egresado de la Anáhuac, del Tec de Monterrey, si no eres de acá [no te contratan]… es lo que he percibido por la forma como yo he sido tratada”. A la condición de extranjera, se suma entonces la desventaja por la pérdida de reconocimiento sectorial y capital social (Ibarra, 2025b; Pedone & Mallimaci, 2019). Al momento de la entrevista, su principal ingreso provenía de trabajar como telefonista en un call center. Respecto a esto, dijo: “obviamente, pues, la frustración [es] gigantísima […] trabajando como una esclava, en tiendas, en esos call center que tratan terrible”. Para ella, la movilidad descendente que ha significado su migración se expresa en un cambio “del cielo a la tierra”, que no solo refiere a su posición material, sino al medio “cultural” en el que ahora debe desenvolverse:
[…] el nivel cultural es muy bajo porque ve quienes trabajan en los call center… se expresan mal, ¿qué puedes tú entablar una conversación inteligente… de qué puedes hablar con un chamo [muchacho] que tiene la prepa trunca? ¿no? […] para mí ha sido un choque tremendo, tremendo, tremendo… porque ese ha sido el ambiente en el que yo me he desenvuelto […] Y no estoy siendo clasista […] sino que evidentemente es un choque. O sea, yo he sentido acá que yo he involucionado.
Nora ilustra lo que Valladares-Ruiz (2023) define como el estereotipo frecuente de la “diáspora venezolana”: aquel “que abandona un país en el que alcanzó prestigio social y a quien, sin embargo, la crisis humanitaria alcanza, afecta y expulsa”. En ese sentido, como también señala la autora, la “nostalgia por el terruño y las precarias condiciones laborales alimentan el rechazo de la sociedad de acogida” (p. 72) y la postergación de la búsqueda negociada de inclusión en esta. Así, dijo Nora:
Yo he sentido… de verdad, yo guardo mucho resentimiento. Yo siento que los mexicanos son ellos. […] Si mi novio [mexicano] no hubiese existido, ya yo me hubiese regresado a Venezuela. ¿Cómo estuviera comiendo?, ¿de qué estuviera viviendo? No sé, porque con esa crisis, no sé. Pero ya no me hubiese regresado a Venezuela.
En el relato de Nora, además, el componente generacional se presenta de manera explícita: “Yo emigré [casi] a los 40 […] es la diferencia cuando tú emigras muy joven, porque emigras sin expectativas”. Así, su frustración responde a expectativas que ella vincula a su edad y, con ello, a una trayectoria profesional consolidada que se vio interrumpida por la migración. Pero se articula, a su vez, con el contexto de origen y, en ese sentido, no remite tanto a condiciones hostiles de recepción como a la frustración, como clausura material, del futuro que se había imaginado en una Venezuela ahora en ruinas.
Como se ve a partir de estos tres relatos, la crisis venezolana, y la masiva migración en la que ha desembocado, no solo implica una pérdida de estatus típica de todo proceso migratorio (Durand, 2011), sino la ruptura con “ciertas condiciones previas que operan como referente en el imaginario de estas personas” (Gandini, Lozano Ascencio & Alfaro, 2019, p. 332), una bonanza y prosperidad asociada en ese imaginario al carácter aparentemente inagotable atribuido a la riqueza natural del país (Valladares-Ruiz, 2012, 2023). Una narrativa instaurada y reforzada durante la mayor parte del siglo XX, continuada y reproducida por el chavismo a través de la transferencia discrecional de petrodólares (Buxton, 2016; Rosales, 2018). En varios relatos, la persistencia de estos imaginarios parece permear la dificultad para concebir inicialmente la migración hacia países cuyo nivel de vida (y estatus simbólico) era visto como inferior al de Venezuela. De allí que varias de las personas entrevistadas refirieron haber contemplado, en primera instancia, lugares como Estados Unidos o España. El ajuste de sus proyectos (principalmente debido a razones económicas) exhibe tanto la persistencia de una aspiración compartida, como la incidencia de la crisis ya no solo sobre la decisión de migrar, sino sobre los destinos viables para hacerlo.
En todo caso, si a lo interno del país la situación económica ha generado “una suerte de tensión irresoluble” entre el consumismo alimentado por el derroche previo y una actualidad más bien signada “por la escasez severa y diversas formas agudas y concretas de mengua y de abandono social total” (Vásquez Lezama, 2019, p. 104); la migración parece vivirse como el retorno a un pasado de relativa prosperidad. Esto se ve de manera explícita en el relato de Marcos, un hombre de 29 años originario de Caracas. Para él, su llegada a México se tradujo automáticamente en sosiego: “Cuando yo toqué el piso de Ciudad de México yo lloré […] al pisar la Ciudad de México sentí la tranquilidad”. Sumado a una serie de conflictos que (como se verá más adelante) incidieron en su decisión de migrar, Marcos asocia el bienestar que encontró en su destino a las posibilidades de consumo (ir “a un supermercado y ver que tenía de todo”). Pese a que su condición económica, en un primer momento, distaba de permitirle acceder a esos bienes, la percepción que rememora a su llegada a México es consistente con una lógica liberal-capitalista que distingue la nostalgia en torno a la Venezuela del pasado.
La abundancia se reviste de una connotación “paradisiaca”, según dijo otra entrevistada, que contrasta con el desabastecimiento y las largas filas que dominaban el escenario de Venezuela a su salida del país. Una suerte de retorno a la bonanza económica que deriva en un sentimiento de culpa por “estar bien”, al saber las carencias imperantes en sus lugares de origen. En varios relatos, esto se ve reflejado, por ejemplo, en la pérdida del apetito luego de llegar a México. De este modo, si la culpa es una “autoevaluación negativa del sí mismo” vinculada a estándares sociales (Bericat Alastuey, 2000, p. 155), aquí se puede entender como respuesta a una situación de relativo privilegio, que se interpreta (de manera más o menos consciente) como un fallo moral con relación a los seres queridos que se quedaron en el país. Pero detrás de esta culpa puede leerse también el quiebre de un imperativo de solidaridad frente a un “nosotros” afectado por la crisis y la precariedad: el país produce, por efecto del afecto, sus fronteras y se constituye en cuerpo (Ahmed, 2015), a la vez que la imagen de este como hermandad igualitaria (Anderson, 1993). De modo que los afectos emanados de estos relatos no solo evocan la nación perdida, sino que tienen en cambio una carga performativa que la restituye como unidad en torno a un ideal histórico compartido.
Dolor y nostalgia
Marcos es licenciado en comunicación social. Salió de Venezuela en 2017, cuando tenía 24 años. A su llegada al aeropuerto de Ciudad de México fue detenido más de siete horas por funcionarios del Instituto Nacional de Migración. Una vez liberado, gracias a la intervención de una organización civil, tuvo que pernoctar en el aeropuerto debido a que no contaba con dinero ni contactos en la ciudad. Allí permaneció varios días hasta que consiguió trabajo como barman. Pese a estas dificultades, dijo: “Los problemas que tuve aquí no se comparan con las preocupaciones que yo tenía en Caracas. La sensación fue reconfortante, relajante. […] Mi tranquilidad se puso al cien”. Las violencias que vivió en Venezuela cumplieron un papel importante en su necesidad de migrar. Siendo periodista, a inicios de 2017 le fue asignado cubrir las noticias sobre las protestas que en ese momento se desarrollaban en Caracas en contra del gobierno. Dicha asignación llevó a que la Guardia Nacional allanara las oficinas de su rotativo y se llevara detenidos a él y a otros colegas:
[…] se llevaron equipos, se llevaron cámaras. Detuvieron a tres [personas más] del equipo… me llevaron a mí. A mí me llevaron al Helicoide. Estuve ahí como… un mes o más. No sé. No recuerdo cuánto tiempo estuve allí. Fue horrible. Me golpearon, me torturaron. Me decían “dilo”… ellos querían una información que yo no manejaba. Yo les decía “yo no sé qué quieren de mí, de pana, no entiendo nada”. Ya como vieron que realmente yo no tenía nada que decirles… pues, cuando ya me sueltan, regreso a mi casa […] Cuando a mí me detuvieron, yo duré una semana sin comer, te lo juro. Y a mi mamá no la dejaban entrar […] yo decía “yo ni siquiera participo en actividades políticas”… solo por trabajar, por ejercer.
Dada la intervención de los propios cuerpos de seguridad pública en su detención, Marcos decidió no denunciar los maltratos. A las pocas semanas de su liberación, su hermano fue asesinado a manos de la delincuencia. Cuando esta vez sí interpusieron una denuncia formal, él y su familia sufrieron amenazas y persecución de parte del responsable del crimen: “Todas esas situaciones desencadenaron en mí que era demasiado […]. Un día yo agarré un taxi que me dejó en Maicao [localidad colombiana, en la frontera con Venezuela] y a partir de ahí, chamo, empezó mi migración”. Posterior a esto, se trasladó a México, con el apoyo de una organización de defensa de derechos humanos y solicitó asilo por razones políticas. Esta salida abrupta de Venezuela fue el resultado, en sus propias palabras, de una dilatada situación “tan desgastante, que hasta contándola me desgasta”. Marcos describe como traumáticas las secuelas que dejó en él la violencia experimentada, al punto de causarle recurrentes pesadillas y dificultad para dormir. Dice que no quiere regresar a Venezuela, ni siquiera de visita, pues siente que “algo malo” le va a suceder: “no sé qué, pero algo malo”.
Más allá de los cercos económicos y administrativos que inhabilitan un retorno, aun temporal, cuando se presenta como viable en algunas experiencias, este parece sitiado por riesgos reales o imaginados que se asocian a la realidad del país. De manera similar a lo expresado por Marcos, Aquiles lo ilustra a través de un paisaje onírico que remite a un estado emocional no siempre consciente:
A veces sueño rarísimo que estoy en Venezuela […] Y digo “guao, qué bien, estoy en Venezuela”. Pero dentro del sueño (qué locura esto) empiezo a decir “¿qué hice?, me vine a Venezuela”, y empiezo como a reflexionar en el sueño de “¿qué voy a hacer? y ahora ¿de qué voy a trabajar?, este país está muy mal, no puede ser, ¿por qué me vine?… mis negocios estaban en México” […] y empieza como una depresión de “bueno, ya estoy aquí, no hay vuelta atrás” […] Y después me sucede que, cuando ya me estoy despertando, que me despierto ya en México, empiezo a ver alrededor y digo “ah ok, estoy en México” y me da como un fresquito [sensación de alivio]. Es bien raro, me ha pasado muchas veces […] es algo que a lo mejor está muy dentro de mi cabeza: esta situación de lamentablemente pensar en Venezuela, no como un lugar turístico para ir, sino como un lugar de alerta.
Aquiles tiene 35 años. Es productor audiovisual y antes de migrar vivía en Caracas. Su situación en México es relativamente estable: ingresó, por vía aérea, con visa para trabajar y luego obtuvo la residencia permanente. Vive en Puebla, a donde llegó en 2015, y desde entonces no ha regresado a Venezuela. Al momento de la entrevista tenía planes de hacerlo, con su novia mexicana. No cree tener problemas para entrar de vuelta a México, pero dijo que le preocupaba su salida de Venezuela, una vez estuviese allí. Aunque su pasaporte está vigente, había escuchado rumores acerca de una supuesta vigencia mínima para salir del aeropuerto de Caracas. No había encontrado modo oficial de confirmar ese rumor,10 lo que acrecentaba su incertidumbre y la “alerta” que describe. De hecho, si bien en Venezuela no hay una normativa explícita que restrinja la migración, varias experiencias describen el despliegue de mecanismos operativos que tienen por objeto impedir o disuadir la salida del país. El miedo, señalado por las personas entrevistadas, ante la idea de ver impedida su salida es referido recurrentemente a través de la figura del encierro. Este miedo remite, así, a una sensación de impotencia que alude a su vez al poder arbitrario del Estado en el contexto de origen.
Debido a esto, en gran medida, para la mayoría de las personas entrevistadas las expectativas de retorno permanente son lejanas, aun cuando Venezuela sigue apareciendo como el lugar natural de pertenencia. En algunos relatos, la crisis actual se presenta como contingente, por lo que su eventual superación aparece como propicia para el retorno, aunque las perspectivas de un cambio a mediano plazo sean escasas. Por otro lado, como apuntan Castillo Crasto y Reguant Álvarez (2017, p. 159), la reticencia a volver está ligada a memorias de dolor o tristeza asociadas al momento de migrar. En ese sentido, en otras experiencias, dicha reticencia insinúa la crisis como condición ya inherente al país (o de efectos estructurales) lo que se expresa en la imposibilidad, en caso de regresar, de “adaptarse” nuevamente. Las condiciones de expulsión se traslapan con la propia nación y derivan en la necesidad de “exiliarse de la idea misma de Venezuela” (Fajardo-Hill, 2021, p. 195, traducción propia). Una suerte de trauma que trasciende su carácter individual (Valladares-Ruiz, 2023). Esto se expresa, en el relato de Marcos, a través de la ira hacia su lugar de origen (o el “sistema” que impera en él): “yo salí de Venezuela arrecho [iracundo]”. En todos estos casos, el miedo frente al retorno se entrelaza con el dolor de la pérdida y un componente claramente político.
Así, distintos análisis han asociado el recrudecimiento de la polarización y la conflictividad política, durante la década de 2010, con el aumento de la migración venezolana, sobre todo en los sectores más jóvenes (Bolívar & Rodríguez Pérez, 2019; Delgado-Linero, 2022; Vargas Ribas, 2018). El fracaso de prolongadas protestas en contra del gobierno de Maduro, según indica Terán Mantovani (2022), ha tenido un efecto desmovilizador y ha generado desencanto y despolitización favorecidas por la urgencia que impone el deterioro económico, lo que ha contribuido al fortalecimiento de la élite madurista. Fabián, un artista plástico de 42 años que migró a México en 2018 en circunstancias relativamente privilegiadas, relató haber participado activamente en las protestas del año anterior a su partida, lo que dejó hondas consecuencias emocionales en él: “Yo no me quería ir, yo fui de los que marché los cuatro meses, me volví loco, tiré piedras […] le puse toda la energía que tenía a las protestas, pues. Eso fue una decepción súper grande”. Luego de esto, decidió migrar a Estados Unidos, pero por razones económicas desistió de hacerlo. Para “pasar la depresión”, se tomó unas vacaciones en Ciudad de México. Y, al tener allí familiares y amigos que podrían facilitar su inserción, decidió quedarse.
La migración de Fabián no fue un proceso forzado por las condiciones críticas del contexto. Al provenir de una familia relativamente acomodada, los efectos de la crisis sobre su economía nunca llegaron a ser graves. Su migración más bien es presentada como una pérdida del país mismo y de lo que este representa(ba) para él y es hoy objeto de nostalgia. En consonancia con esto, Leonel, un periodista cultural de 39 años establecido en Ciudad de México desde 2015, opone el “país moderno” del pasado al “país premoderno” instaurado por Chávez: “yo pude vivir y crecer hasta los 17 años en una Venezuela democrática, entonces creo que eso se extraña mucho, cuando éramos un país, porque éramos una democracia imperfecta, pero con muchas cosas resueltas […] éramos libres”. La situación, para él, es la de un país “secuestrado por parte de este régimen”. De manera similar, otros relatos hablan de un país que les ha sido “robado”, o del que fueron “obligados a salir”, mientras que el gobierno es identificado como otredad responsable de la crisis y la concomitante expulsión (Gissi Barbieri et al., 2019; Padilla & López, 2021).
La mayoría de los relatos tiende así a actualizar, en términos temporales, la polarización venezolana interna, definen a través de la nostalgia la idea de una nación irrecuperable: el país que “éramos” o que “llegamos a ser” (Caraballo, 2024). Para Hirai (2009), la nostalgia se refiere al deseo de llenar el “vacío” que deja la pérdida del hogar y del pasado en el mundo interior de la persona migrante; deseo ligado a la búsqueda de restauración de esos elementos que se han dejado atrás. Sin embargo, la demarcación nostálgica de un antes y un después de la ruina responde aquí a componentes tanto etarios como ideológicos. La evocación de la Venezuela próspera de la primera década del siglo XXI encuentra una clara expresión en las personas más jóvenes que, como se vio con los relatos de Andreina y Xavier, más allá de cualquier adherencia partidista, vivieron su infancia y adolescencia en el periodo gobernado por el chavismo, bajo el signo de la abundancia y el derroche, cuando el precio del petróleo alcanzó sus picos históricos más altos. En cambio, en el relato de Leonel, el punto de quiebre es mucho anterior: la añoranza de una Venezuela “moderna” remite en él a una “libertad” previa al chavismo y clausurada por este.
Aquí, la imposibilidad de volver es equiparable a lo que Hirai (2009) llama “nostalgia temporal”. Resultado, para dicho autor, de una pérdida operada por el tiempo, más que por la distancia. La imposibilidad de regresar al “terruño imaginado” responde a que este, con el transcurso de los años, ha dejado de ser lo que era. No obstante, en el caso de la migración venezolana reciente, la nostalgia no suele referir al paso orgánico del tiempo, sino a un colapso de la constitución material y simbólica de lo común. En el centro de la ruina, en su sentido más material, está la nostalgia por la forma perdida, en la que resuena lo que alguna vez fue o pudo haber sido (Márquez et al., 2019; Vásquez Lezama, 2019); pérdida no solo del lugar en sí, sino de los sentidos “originales” que se le atribuyen; a la vez resto, ausencia y potencialidad. Si toda añoranza se asienta sobre una ficción, donde se pone en juego tanto el recuerdo como el olvido (Hirai, 2009), se trata en estas experiencias de una ficción colectiva y sostenida por imaginarios de nación asociados a una riqueza, como promesa de progreso. Una ficción nostálgica que, a través de la invocación de su fracaso, produce los contornos de un ideal permanentemente postergado de nación y modernidad.
Esto se encarna, como ya se vio, en sentimientos de frustración, culpa e impotencia. A este respecto, Leonel dijo:
ser venezolano en esta época es muy complicado ¿no? En el país… pasan tantas cosas y a veces tantas cosas negativas que asumirse como venezolano a veces es muy duro […] somos un proyecto de país fallido. Entonces eso es muy doloroso.
Como señala Ahmed (2015), todo ideal carece de contenido positivo y, por lo que, no se refiere tanto a aquello que toma por objeto, sino que es “efecto de la imagen ideal que el sujeto tiene de sí mismo” (p. 200). En ese sentido, la idealización de la nación en estos términos puede entenderse como un mecanismo para exaltar la propia pertenencia, al reconocer el valor de sí en ella. Por lo tanto, el fracaso del ideal de modernidad y riqueza, históricamente constituido como fuente primaria de identidad, se traduce también en una vergüenza y dolor infligidos al sujeto. La ruina material y simbólica (el “proyecto de país fallido”, la “modernidad abortada”) remite a una herida que “duele” en el cuerpo. Al intensificar la experiencia, que es a la vez individual y compartida, el dolor restituye la superficie y las fronteras de un cuerpo social y político herido. En el contexto de la formación histórica de ese cuerpo como nación y el ideal que lo inviste, preguntarse finalmente ¿quién o qué lo lesiona? puede permitir entender también el sentido que adquiere su reparación.
Conclusión
El 12 de marzo de 2023, un grupo de migrantes intentó forzar su entrada a Estados Unidos cruzando la frontera entre Ciudad Juárez (México) y El Paso, Texas. Una transmisión en vivo muestra el momento exacto en el que “cientos de migrantes venezolanos”, dice el reportero, derriban la defensa formada por la Guardia Nacional mexicana y corren en dirección al norte. El periodista y la cámara siguen a la multitud, contenida inmediatamente por agentes fronterizos estadounidenses provistos de una estructura de plástico, concreto y alambre de púas. Pedían ser admitidas; algunas personas denunciaban haber sido robadas, golpeadas y extorsionadas en el territorio mexicano. Enardecida, la primera línea del contingente logró hacer retroceder a los cuerpos de seguridad, para luego inevitablemente dispersarse. En los últimos minutos de la transmisión, el reportero le cede la palabra a un hombre que dice venir huyendo desde Venezuela, de “una crisis económica… [y] una crisis de sociedad, [en la que] no tenemos derecho a nada, porque tenemos un gobierno que nos ha hecho demasiado daño”. Otro hombre, mirando a la cámara, demanda al gobierno de Estados Unidos que lo deje entrar y agrega: “nosotros, los venezolanos, somos los que les hemos regalado el petróleo a los norteamericanos, por favor, queremos ya ir a trabajar” (Azteca Noticias, 2023).
La apelación al “daño” infringido sobre el “nosotros” coincide con la invocación de su riqueza natural compartida. De acuerdo con Coronil Ímber, la Venezuela moderna se construyó históricamente sobre la base imaginaria de dos cuerpos: “un cuerpo político compuesto por sus ciudadanos y un cuerpo natural cuya materia era su rico subsuelo” (p. 40). Si la identidad compartida del primero se erigió a partir del segundo, el ensamblaje entre nación y petróleo, como realidad inmanente y atemporal (Coronil Ímber, 2013, p. 114) dio paso a un ideal en el que se sintetiza y condensa su unión a través de la promesa (siempre incumplida) de modernidad y soberanía. La comunidad nacional quedó atada a una riqueza petrolera, presuntamente inagotable como “locus de la agencia histórica” del sujeto venezolano (Coronil Ímber, 2013, p. 225) y fuente de poder social, que se supone propiedad común del nosotros. La autoridad del chavismo se consolidó, en gran medida, a partir de la radicalización de una democracia entendida como distribución de los beneficios derivados de la renta petrolera; radicalización que terminó, como se vio, en la ruina, y dejó en manos del gobierno madurista la responsabilidad de su fracaso ideológico, político y material.
En los relatos analizados, esto se muestra a través de experiencias típicas de desclasamiento, en las que la disposición de capital simbólico y cultural contrasta con la pérdida de una posición de privilegios, en un desajuste que dificulta o imposibilita la adaptación a esta nueva realidad. En algunos casos, la migración aparece como medio potencial para recuperar dicha posición. Cuando esta expectativa resulta exitosa puede derivar en sentimientos de culpa, mientras que su insatisfacción se traduce en una frustración atravesada por otros factores, como la edad y la composición específica de capitales. En muchos casos se trata de un desclasamiento, tanto en origen como en destino, asociado a un perfil de población mayormente calificada en un contexto de crisis económica (Gandini, Lozano Ascencio & Alfaro, 2019; Pedone & Mallimaci, 2019). En todo caso, y pese a su heterogeneidad, los relatos en conjunto evocan una experiencia afectiva de resquebrajamiento social, cuyo carácter más o menos transversal permite hablar de una experiencia histórica compartida. Más que efecto de histéresis o pérdida de una posición individual, la ruina aparece entonces como un proceso común que deriva en una “estructura de sentimiento” en la que se encarna la frustración o clausura de las promesas de la nación petrolera, tras un derroche efímero y relativamente generalizado que toca a su fin de manera abrupta. Más que el colapso de un proyecto político concreto, esto es vivido entonces como el robo o despojo de la nación en sí misma.
Así, por debajo de la nostalgia por Venezuela, como cuerpo social escindido por la migración, corre ciego un imaginario fundado en la primacía de su cuerpo natural. Al igual que en la película La soledad (ya una alegoría de la crisis), la recuperación del país parece hallarse aún en su subsuelo, como tesoro hoy mal empleado y privatizado. El “daño” es vivido como un despojo en el que el madurismo aparece como el único culpable de su potencial frustrado; una otredad frente a la cual se restituye el “nosotros”, despojado por ellos de su cuerpo natural a través de un poder arbitrario. Esto se traduce en un rechazo visceral a lo que el madurismo representa, dentro de la lógica binaria que ha hegemonizado con éxito el discurso público en Venezuela durante estos años. La visible expansión de una sensibilidad antiestatal y el subrepticio ascenso de un “libertarismo” radical en el país,11 así como la participación de la población migrante venezolana en la consolidación de la derecha en Chile o Estados Unidos (Ahumada & Paillao, 2019; Ávila, 2024; Reyes Muñoz, 2023), son la concreción de esta “estructura de sentimiento” habilitada por la herida que, aun volviendo sobre el mismo ideal de nación, busca el porvenir en los términos opuestos que le condujeron a su infortunio.
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Notas
1 Así entendida, la “ruina”, como categoría teórica situada, busca captar una experiencia compartida, que entiende la articulación entre lo simbólico y lo material, la vivencia individual y las condiciones estructurales de los sujetos. Al hablar de “las ruinas de un proyecto de modernidad abortada” en Venezuela, Vásquez Lezama (2019) enfatiza “la degradación severa de la infraestructura física” (p. 104), producto de la ausencia de políticas de atención, preservación y mantenimiento, que a su vez constituye y modela la subjetividad de las personas que viven cotidianamente estos espacios. El componente material aparece entonces como correlato de la representación simbólica del “país que éramos”, según lo expresan algunos testimonios. En este marco, la modernidad, más que un modelo de desarrollo asentado en indicadores socioeconómicos concretos, define un imaginario de bienestar y progreso tecnificado que las personas asumen como prerrogativa común derivada de la riqueza del país, como nación petrolera.
2 Esto no niega la utilidad clínica de esta perspectiva. Sin embargo, el interés aquí es destacar la inscripción de los itinerarios analizados en un marco histórico específico; contrario a ello, la perspectiva psicológica, aun cuando se preocupa por enlazar las condiciones sociales con sus manifestaciones psíquicas individuales, tiende a asumir una visión generalista que, a través del diagnóstico, corre el riesgo de reducir contextos y trayectorias situadas a una representación unívoca y estereotipada del sujeto migrante.
3 A grandes rasgos, la pregunta de investigación tenía que ver con el rol del cuerpo en la experiencia migratoria o, más precisamente, su dimensión carnal. Al respecto, véase el apartado introductorio en Caraballo Correa (2023), donde se profundiza en los cambios que sufrió el planteamiento inicial de la investigación y la estrategia metodológica, con base en una primera fase de trabajo de campo. Esto también explica el desequilibrio en función del género en el conjunto de sujetos abordados. Para un análisis enfocado particularmente en la experiencia de las mujeres entrevistadas, desde una perspectiva de género, véase Caraballo (2026).
4 Todos los nombres utilizados son seudónimos. Para garantizar el anonimato y la confidencialidad de las personas entrevistadas se modificaron u omitieron algunos datos sensibles. El consentimiento informado se obtuvo de manera verbal antes de cada entrevista, enfatizando la libertad a interrumpir o dar por terminada la entrevista en cualquier momento.
5 Como todo periodo dominado por la impronta de ese prefijo, el pos-chavismo no implica una ruptura total con aquel presidido por Chávez. Señala, más bien, el reforzamiento de tendencias desintitucionalizantes que se hallaban en el seno del chavismo de Chávez (Gómez Calcaño & Arenas, 2013; López & Vera-Rojas, 2019). En términos ideológicos, el ascenso de Maduro implicó el uso del “ideario” chavista (la noción de socialismo del siglo xxi, la idea de Estado comunal) y la propia figura de Chávez para legitimarse (Troconis, 2019). En los hechos, sin embargo, conllevó el desmantelamiento de los mecanismos de organización y redistribución creados por su antecesor e impuso una política de confrontación abierta y violenta con el chavismo disidente de base (Méndez, 2020).
6 Diversas investigaciones ubican la década de 1980 como un primer punto de inflexión de la migración venezolana. Sin embargo, hasta 2014-2015 los principales destinos de esta población eran Estados Unidos y España, y se caracterizaba por ser moderada, mayormente profesionalizada y de alto poder adquisitivo (Castillo Crasto & Reguant Álvarez, 2017; Delgado-Linero, 2022).
7 Típicamente, el desclasamiento puede generar una suerte de desfase entre el capital cultural y el estatus y habitus asociados a él, cuando cambian las condiciones objetivas. Esto es lo que Bourdieu (2007) llama “efecto de histéresis” (p. 102). Tal efecto se revela en la incapacidad del sujeto de leer adecuadamente su nueva realidad y actuar en consecuencia. En el relato de Andreina resulta interesante observar que su mamá, a diferencia de su papá, venía de un origen precario (según dijo: “Mi papá nunca tuvo necesidad económica, jamás. Y mi mamá, sí… mucha”), lo que explicaría que la madre encontrara “normal” trabajar en distintos oficios para mantener a su familia, mientras que su padre nunca logró adaptarse a su nueva posición material, en un marco de colapso institucional que conllevó una transformación profunda del orden social. El desajuste asociado con posiciones y antecedentes de clase permite observar asimismo la dimensión estructural de los conflictos que derivaron en la ruptura matrimonial.
8 Otros relatos, que por razones de espacio no podrían desarrollarse aquí, señalan también el bienestar relativamente generalizado que se vivió durante la década de 2000, que abrió posibilidades de acceso social inéditas para sectores históricamente desfavorecidos. Por ejemplo, Uriel, un académico de 48 años, originario de una localidad venezolana semirrural y procedente de una familia de recursos bastante modestos, dijo: “Ya en el 2003-2004 había [mucha] plata [dinero], pero todavía hasta el 2009 a mí me fue muy bien. […] Yo nunca [antes de 2006] había viajado al extranjero [… luego] hubo un año que viajé tres veces”. Uriel vivía en Caracas antes de migrar a México en 2014.
9 Todas las personas entrevistadas reportaron conocer casos de personas venezolanas “inadmitidas” en aeropuertos mexicanos. Esto desemboca, la mayoría de las veces, en detenciones temporales (que pueden prolongarse por días) o en la devolución forzada al país de salida. De acuerdo con Gandini, Lozano Ascencio y Alfaro (2019), el rechazo en puestos fronterizos para el caso de la población de origen venezolano ha superado las tasas históricas más altas en México (p. 317). A finales de 2021 se anunció la instauración de un régimen de visado específico para el ingreso de población venezolana a México, en calidad de “visitante turista/tránsito”. Este entró en vigencia el 21 de enero de 2022.
10 La situación de incertidumbre que ha traído el deterioro institucional venezolano para su población (dentro y fuera del país) es agravada por la desinformación como una política de facto del gobierno (Red Internacional de Activistas Ciudadanos por los Derechos Humanos, 2023).
11 Ejemplo de esto son los grupos de jóvenes radicalizados que, sin vínculos orgánicos con partidos de oposición (a quienes tachaban de farsantes y colaboracionistas), se formaron en torno a un llamado a “la resistencia”, y se dieron a conocer bajo esa denominación (Briceño-León, Perdomo & Meléndez, 2019; Puyosa, 2019).
Pablo Caraballo Venezolano. Doctorado en sociología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente es investigador postdoctoral del Seminario Migración, Desigualdad y Políticas Públicas en El Colegio de México. Líneas de investigación: experiencias migratorias y dinámicas cotidianas de fronterización, cuerpo, sexualidades y procesos de racialización. Publicación reciente: Caraballo, P. (2026, enero-abril). “Nosotras somos otra cosa”: uso y contención del cuerpo en migrantes venezolanas en México. AIBR, Revista de Antropología Iberoamericana, 21(1), 85-105. https://aries.aibr.org//storage/revista_aibr/articulo/636/es/83963468cdd8dc720489a6c43c0d3b16.pdf
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